En el instante en que Clara presionó la almohada con la mano, dejó escapar un grito ahogado y retrocedió instintivamente. Una puñalada múltiple y aguda le atravesó la piel de la palma y al mirarse la mano vio pequeñas gotas de sangre brotar. El cruel truco quedó al descubierto. El objeto era suave al tacto, pero se convertía en un arma al ser golpeado con el peso de una cabeza.
La furia reemplazó al miedo en su corazón. No se trataba de fantasmas ni de alergias. Se trataba de una trampa sádica tendida para dañar a una niña. Clara no dudó más. Encendió la luz principal de la habitación, inundando el espacio con una luz reveladora, y corrió al pasillo, llamando a gritos a su jefe con una urgencia que ignoraba toda etiqueta.
Clara arriesga su trabajo para salvar a una niña de una verdadera pesadilla. Creemos que Dios ilumina el camino de los justos. Si la apoyas, comenta, Dios protege a esta mujer para bendecir su valentía. Señor Javier, venga ya. Tiene que ver esto. Gritó y su voz resonó en la silenciosa mansión. Javier salió de su habitación aturdido todavía en bata con Mónica pisándole los talones.
fingiendo confusión e irritación por el ruido. ¿Qué significa esto? Clara te has vuelto loca. Son las 3 de la mañana, preguntó entrando en la habitación de su hijo con paso pesado. Clara estaba de pie junto a la cama, sosteniendo unas tijeras de costura que había traído escondidas en su delantal. Tenía los ojos llenos de lágrimas de indignación, pero su mano era firme.
Leo, acurrucado en un rincón, observaba la escena aterrorizado, sin comprender qué estaba sucediendo. “Dijiste que era rebelde. Lo obligaste a quedarse aquí”, dijo Clara con voz temblorosa. “Mira dónde ponías a tu hijo. Antes de que Javier pudiera detenerla, Clara hundió las tijeras en la costosa almohada de seda y la rasgó sin piedad.
El sonido de la tela al rasgarse fue seguido por un silencio de asombro. Metió la mano en el relleno de plumas y lo volteó sobre la sábana oscura. Lo que cayó no eran solo plumas suaves, docenas de alfileres largos afilados y de cabeza plana estaban esparcidos por la cama, brillando a la luz de la lámpara como una lluvia de plata.
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