Sintió un nudo profundo en el corazón, porque sabía distinguir entre el llanto de un niño consentido y el llanto de un niño verdaderamente herido.
Ese sonido no era actuación ni capricho, era el grito de alguien siendo lastimado físicamente, precisamente en el lugar donde debería sentirse más seguro del mundo.
Durante semanas, gracias a su experiencia, Clara había notado un patrón inquietante que nadie más parecía querer ver o aceptar conscientemente.
De día, Leo era dulce, tranquilo, alegre, pero apenas caía el sol, el pánico se apoderaba de su cuerpo pequeño y de sus ojos abiertos.
Lo había visto intentar dormir en la alfombra, acurrucarse en sillones duros, evitar la cama como si fuera un enemigo silencioso.
Aún más alarmantes eran las marcas que aparecían cada mañana, rostros y orejas enrojecidos, pequeños rasguños, mordidas inexplicables.
Mónica, la madrastra, siempre tenía una explicación preparada: alergias fuertes, movimientos nocturnos, pesadillas comunes en niños sensibles.
Prometida de Javier, Mónica era fría, calculadora y paciente, la verdadera arquitecta del tormento que se desarrollaba en silencio cada noche.
Veía a Leo como un obstáculo para su vida soñada, para viajar por el mundo y disfrutar sin cargas de la fortuna de su futuro esposo.
Su objetivo era claro: enviar al niño a un internado militar, declararlo incontrolable, problemático, necesitado de corrección estricta y disciplina dura.

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