Esa noche fatal, tras los gritos y la puerta cerrada, la casa quedó sumida en un silencio denso y amenazante.
Javier, tras la discusión, tomó un sedante fuerte y cayó en un sueño profundo, ajeno a lo que estaba por revelarse.
Clara esperó pacientemente, asegurándose de que todos los adultos durmieran, con el corazón latiendo fuerte en su pecho.
Con una pequeña linterna escondida en el delantal, se dirigió al cuarto del niño usando la llave maestra de la casa.
Giró la cerradura con cuidado, decidida a descubrir de una vez por todas el misterio que nadie más quería enfrentar.
Dentro encontró a Leo despierto, acurrucado en la esquina más lejana de la cama, evitando la almohada como a un monstruo.
Clara se acercó lentamente y susurró con ternura: —No tengas miedo, soy la abuela Clara— iluminando suavemente su rostro.
—Me duele, abuela, la cama me muerde— dijo Leo con una inocencia devastadora que heló la sangre de Clara.
Al presionar la almohada con fuerza real, Clara sintió punzadas agudas atravesar su palma, viendo aparecer gotas de sangre.
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