Una joven heredó solo árboles secos mientras sus hermanos recibieron las mejores tierras. “Con estos palos muertos aprenderás el valor del esfuerzo”, le dijo su padre con desprecio. Nadie imaginaba que aquellos árboles aparentemente inservibles escondían un secreto que cambiaría su destino para siempre. Mientras sus hermanos mayores, Raúl y Javier habían estudiado en la ciudad y solo regresaban para las fiestas, ella permanecía como una sombra fiel, cocinando, limpiando y atendiendo las necesidades de don Ignacio, un hombre curtido por el sol y endurecido por la vida.
Aquella mañana de abril, el despacho del notario García olía a papeles viejos y a madera pulida. Don Ignacio había fallecido tres semanas atrás tras una larga enfermedad y hoy se leería su testamento. Elena se sentó en una esquina con las manos entrelazadas sobre su falda sencilla mientras sus hermanos ocupaban las sillas centrales frente al escritorio de Nogal. “Procederé a leer las últimas voluntades de don Ignacio Mendoza Vázquez”, anunció el notario, colocándose las gafas sobre el puente de la nariz.
Elena escuchaba con el corazón encogido. No esperaba grandes riquezas, pero al menos confiaba en recibir algo que le permitiera comenzar una vida propia después de tantos años de dedicación. A mi hijo primogénito Raúl Mendoza Ordóñez le casa familiar y los terrenos de regadío que lindan con el río, que suman 20 haáreas. Raúl sonrió con satisfacción. Eran las mejores tierras de la comarca. A mi segundo hijo Javier Mendoza Ordóñez le 10 hectáreas de olivar y la casa de la abuela en el pueblo junto con el tractor y los aperos agrícolas.
Javier asintió complacido. El olivar producía aceite de primera calidad que se vendía a buen precio. Elena contuvo la respiración. Ahora vendría su parte. Y a mi hija Elena Mendoza Ordóñez le lego la parcela del alto con su huerto de frutales. El silencio se hizo pesado. Elena parpadeó confundida. La parcela del alto era un terreno pedregoso, alejado del río, donde su padre había intentado plantar algunos árboles frutales años atrás. Un proyecto abandonado que nadie visitaba desde hace tiempo.
Raúl soltó una risita disimulada. ¿Solo eso?, preguntó Elena con un hilo de voz. El notario la miró por encima de sus gafas. “Hay una nota personal que su padre dejó para usted”, dijo extendiéndole un sobre sellado. Con dedos temblorosos, Elena abrió el sobre y desdobló la hoja que contenía. La caligrafía irregular de su padre parecía burlarse de ella. Elena, te dejo los árboles secos del alto. Con estos palos muertos aprenderás el valor del esfuerzo, algo que nunca has entendido por quedarte en casa como una cobarde.
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