Pensó en su padre, en su cruel legado de palos secos que había resultado ser el mayor regalo. Pensó en don Sebastián. que había compartido generosamente su sabiduría en Martín, cuyo conocimiento técnico había sido crucial, en los vecinos que habían aportado su granito de arena y en sus hermanos, que solo habían aparecido cuando olieron una oportunidad de beneficio. Cerca de medianoche, cuando el cansancio comenzaba a vencerla, escuchó un golpe en la puerta. Era Lucía, la bibliotecaria. Perdona la hora”, se disculpó, “pero no he podido venir antes a la feria y quería darte algo.” Le entregó un sobre gastado.
Lo encontré entre los archivos antiguos de la biblioteca. Creo que te pertenece. Elena abrió el sobre con curiosidad. Contenía documentos amarillentos y una fotografía en sepia. Un hombre joven y sonriente junto a un árbol frutal. Con asombro, reconoció a su padre muchos años antes de que ella naciera. ¿De dónde has sacado esto? Era parte de una exposición sobre agricultura local de los años 50, explicó Lucía. Ese joven es tu padre, ¿verdad? El texto al dorso dice: Ignacio Mendoza con su primer injerto exitoso.
Premio Regional de Horticultura, 1953. Elena dio la vuelta a la fotografía incrédula. Efectivamente, con letra descolorida estaba escrita esa exacta descripción. Mi padre ganó un premio de horticultura. Al parecer fue un pionero en técnicas de injerto. Asintió Lucía. Hay más documentos en el sobre, recortes de periódicos locales, mensiones a sus experimentos. Con manos temblorosas, Elena revisó el contenido. Artículos que hablaban de El joven Mendoza y su revolucionario método de adaptación de frutales. Fotos de su padre recibiendo reconocimientos, incluso el borrador de un pequeño tratado sobre injertos que nunca llegó a publicarse.
“No lo entiendo”, murmuró Elena. Si era tan apasionado, “¿Por qué abandonó el huerto? ¿Por qué nunca me habló de esto?” Lucía se encogió de hombros. La vida a veces toma giros extraños. Quizás algo desilusionó. Quizás perdió la fe en sí mismo. Pero ahora entiendes de dónde viene tu talento, ¿no? Cuando Lucía se marchó, Elena permaneció despierta hasta el amanecer, leyendo cada documento, estudiando cada fotografía, descubrió a un hombre completamente diferente al padre amargado y crítico que había conocido.
Un joven idealista. Apasionado por la agricultura sostenible, dedicado a preservar variedades antiguas, exactamente lo que ella estaba haciendo ahora. Con la primera luz del día, Elena tomó su decisión. No sería la que sus hermanos esperaban, ni la que los inversores preferirían. Sería la que honraría tanto su propio trabajo como aquel antiguo sueño que su padre había abandonado. Porque ahora entendía que los palos secos no eran solo árboles abandonados. Eran sueños interrumpidos, esperanzas marchitas que esperaban una nueva oportunidad y ella, sin saberlo, había recogido la antorcha que su padre había dejado caer décadas atrás.
Con esa certeza en el corazón se dirigió al huerto para un nuevo día de trabajo. La feria había terminado, pero la verdadera cosecha, la cosecha inesperada de la comprensión y el propósito, apenas comenzaba. La decisión de Elena tomó a todos por sorpresa. Una semana después de la feria convocó una reunión en el huerto al atardecer. Llegaron todos. Don Sebastián apoyado en su bastón. Martín con curiosidad en la mirada, lucía cargando más documentos antiguos. Sus hermanos Raúl y Javier con expresión cautelosa, e incluso el representante del banco y el profesor universitario, había preparado una pequeña mesa bajo el manzano original con refrescos y frutas recién cosechadas.
Mientras todos tomaban asiento en las sillas dispuestas en semicírculo, Elena permanecía de pie con una carpeta en las manos. y una serenidad que sorprendió incluso a quienes mejor la conocían. “Gracias por venir”, comenzó. “Os he reunido porque lo que voy a anunciar os afecta a todos de alguna manera.” Miró a sus hermanos que intercambiaron miradas inquietas. Durante estos meses he aprendido que un huerto no es solo tierra y árboles, es historia, es conocimiento, es futuro. Y he descubierto algo que cambió mi perspectiva por completo.
Abrió la carpeta y extrajo la antigua fotografía que Lucía había encontrado. Este joven sonriente es mi padre, Ignacio Mendoza, a los 22 años, un pionero en técnicas de injerto que ganó premios regionales y que soñaba con preservar las variedades frutales antiguas de nuestra comarca. Pasó la fotografía para que todos pudieran verla. La sorpresa en los rostros de Raúl y Javier era evidente. Papá, ¿pero cómo abandonó ese sueño por razones que nunca conoceremos?”, continuó Elena. se convirtió en el hombre amargado que todos recordamos, pero algo de aquel joven idealista permaneció en él, lo suficiente para plantar estos árboles, aunque luego los abandonara.
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