Tal vez así aprendas lo que es trabajar de verdad. Las lágrimas quemaron sus ojos, pero Elena no les permitió caer. Dobló la nota y la guardó en su bolso mientras el notario continuaba con formalismos que ya no escuchaba. Vaya herencia te ha dejado el viejo”, se burló Javier cuando salieron a la calle soleada. Aunque pensándolo bien, es lo justo. Nosotros heredamos lo que hemos ayudado a construir. Tú solo te quedabas en casa. Como si cocinar, limpiar y cuidar de papá durante su enfermedad no fuera trabajo, respondió ella con amargura.
Cualquier criada podría haberlo hecho, intervino Raúl con desprecio. Nosotros sí que hemos sudado en el campo y en los negocios. Elena apretó los labios y se alejó sin responder. Las calles empedradas del pueblo la vieron caminar con la espalda recta y la mirada perdida. No lloraría, no les daría esa satisfacción. Al llegar a casa, preparó una pequeña mochila con agua y algo de comida. Necesitaba ver su herencia. con sus propios ojos entender la magnitud de la burla final de su padre.
El camino hacia la parcela del alto era empinado y solitario. Después de casi una hora de caminata bajo el sol de mediodía, Elena llegó a la verja oxidada que marcaba la entrada. El candado estaba enmoecido, pero la llave que le había entregado el notario funcionó tras varios intentos. Lo que vio le encogió el corazón. una hectárea de terreno pedregoso, donde una veintena de árboles frutales se alzaban como esqueletos retorcidos, manzanos, perales, ciruelos y cerezos que su padre había plantado 15 años atrás y luego abandonado cuando la sequía hizo que parecieran morir.
Elena se acercó al árbol más cercano, un manzano de tronco retorcido. La corteza estaba reseca y agrietada. Las ramas desnudas apuntaban al cielo como dedos acusadores. No había señal de hojas, flores o frutos, palos secos”, murmuró recordando las crueles palabras de su padre. Se dejó caer bajo la sombra escasa de uno de aquellos árboles y por fin permitió que las lágrimas fluyeran libremente. Lloró por la injusticia, por los años perdidos, por los sueños postergados. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.
Cuando el sol comenzaba a descender, Elena se incorporó y miró a su alrededor con nuevos ojos. Este era su legado, por miserable que fuera. Podría venderlo por cuatro pesetas y marcharse o podría. se acercó de nuevo al manzano y casi por instinto rascó ligeramente la corteza con la uña. Bajo la superficie seca y grisácea apareció un tenue color verde. Sorprendida, sacó la navaja que llevaba en el bolsillo y raspó con más fuerza. El interior estaba húmedo, vivo.
Con el corazón acelerado, corrió a examinar otros árboles. Todos presentaban el mismo patrón. Muerte por fuera, vida por dentro. No están muertos. susurró con asombro. Solo están dormidos. En ese momento, escuchó un ruido a sus espaldas. Al volverse vio a un anciano apoyado en un bastón que la observaba desde la entrada. “Veo que por fin alguien visita este huerto abandonado”, dijo el hombre con voz cascada. “Es mi herencia”, respondió Elena insegura. ¿Quién es usted, Sebastián Morales para servirle?
Tengo la parcela vecina, aquella de allá. señaló con su bastón una pequeña casa a lo lejos. Conocí a tu padre. Un hombre terco como una mula. Plantó estos árboles y los abandonó al primer contratiempo. Elena se acercó al anciano. ¿Cree que podrían revivir? El viejo Sebastián la miró con curiosidad. ¿Sabes algo de árboles, muchacha? No, admitió Elena, pero puedo aprender. Una sonrisa arrugó aún más el rostro curtido del anciano. Estos árboles necesitan tres cosas: agua, cuidado y paciencia.
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