La tierra aquí es buena, pero tu padre nunca construyó un sistema de riego adecuado. Se rindió demasiado pronto. No tengo dinero para sistemas de riego, dijo Elena con desaliento. Pero tienes dos manos, ¿no? Y yo tengo conocimientos, respondió Sebastián. Mi abuelo era injertador. Me enseñó algunos trucos que podrían interesarte. Por primera vez en mucho tiempo, Elena sintió que algo se encendía dentro de ella. No era exactamente esperanza, pero se le parecía. ¿Me enseñaría? Preguntó con timidez. ¿Por qué no?, respondió el anciano con un guiño.
A mi edad uno se aburre fácilmente. Además, me gustaría ver la cara de tus hermanos cuando estos palos secos vuelvan a dar fruto. Aquella tarde, Elena regresó a casa con algo que no había tenido en años, un propósito. Mientras preparaba la cena, su mente trabajaba frenéticamente. Tenía algunos ahorros, no muchos. podría alquilar la habitación de Raúl a algún turista y conseguir ingresos extras. Y estaban las recetas de conservas de su abuela. Cuando sus hermanos llegaron para recoger sus pertenencias, la encontraron consultando un libro sobre fruticultura que había pedido prestado en la biblioteca.
“¿Qué haces?”, preguntó Javier Conorna, “Aprendiendo a resucitar árboles muertos. Algo así”, respondió ella sin levantar la vista. No seas ridícula, Elena”, intervino Raúl. “Vende ese terreno inútil y búscate un marido. Es lo único sensato que puedes hacer.” Elena cerró el libro y miró a sus hermanos directamente a los ojos. “Esta casa ya no es vuestra”, dijo con voz serena, “ossos agradecería que recogieris vuestras cosas y os marchárais antes de que anochezca. ¿Nos estás echando?” Raúl soltó una carcajada incrédula.
Solo os recuerdo que ahora esta es mi vida y mis decisiones”, respondió ella. “Y he decidido que mi camino comienza mañana al amanecer con unos árboles que todos creen muertos.” Aquella noche, mientras sus hermanos se llevaban sus pertenencias entre protestas y amenazas, Elena hizo algo que no había hecho en años. soñó con el futuro, un futuro que, como sus árboles, solo necesitaba cuidado, agua y mucha, mucha paciencia. Lo que nadie sabía entonces era que aquellos palos secos escondían un potencial que cambiaría no solo su vida, sino la de todo el valle, y que la herencia envenenada que su padre le había dejado como castigo se convertiría en el regalo más valioso que podría haber recibido.
El alba apenas despuntaba cuando Elena se puso en marcha hacia su terreno. Llevaba un viejo morral con herramientas básicas, una pequeña pala, unas tijeras de podar oxidadas que encontró en el cobertizo, una cantimplora llena de agua y un cuaderno para tomar notas. No sabía nada de agricultura, pero estaba decidida a aprender. Al llegar a la parcela, encontró a don Sebastián esperándola. El anciano había traído consigo un par de libros antiguos y una caja de madera que contenía extrañas herramientas.
Buenos días, muchacha. Veo que vas en serio, dijo con aprobación al ver su equipo improvisado. Nunca he ido más en serio en toda mi vida, respondió Elena dejando su morral en el suelo. ¿Por dónde empezamos? Don Sebastián sonríó. Le gustaba esa determinación. Por el principio, entender qué tenemos aquí. Durante las siguientes horas, el anciano le enseñó a examinar los árboles. Con manos expertas, le mostró cómo raspar delicadamente la corteza para comprobar la vitalidad del cambium, esa fina capa verdosa bajo la superficie.
“Mira”, explicó mostrándole un corte en una rama. Este árbol no está muerto, está dormido. Se protegió de la sequía entrando en un estado de latencia profunda. Elena tomaba notas frenéticamente. Y puedo despertarlos. Podemos intentarlo, pero no será fácil ni rápido, advirtió el anciano. Necesitarán riego constante, poda de recuperación y mucha paciencia. La primera tarea fue examinar cada uno de los 22 árboles. 16 mostraban signos claros de vida latente, cuatro estaban en estado crítico y dos habían muerto irremediablemente.
No está mal, concluyó don Sebastián. Tu padre plantó buenas variedades, pero cometió el error de no adaptarlas bien al terreno. Las plantó y esperó que crecieran solas, como si la naturaleza fuera una criada a su servicio. Mientras hablaba, Elena notó algo peculiar en el suelo, cerca de uno de los árboles. ¿Qué es esto?, preguntó señalando una pequeña área donde la tierra parecía hundida. Don Sebastián se agachó con dificultad y palpó el terreno. Interesante, murmuró. Ayúdame a acabar aquí.
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