EL PADRE LA DEJÓ con ÁRBOLES SECOS… AÑOS DESPUÉS HERMANOS IMPLORARON que les ENSEÑARA…

Con la pequeña pala, Elena comenzó a remover la tierra. No había acabado ni medio metro cuando el metal chocó contra algo sólido. Sigue, la animó el anciano. Tras varios minutos de esfuerzo, descubrieron una estructura de piedra circular. Un pozo exclamó Elena sorprendida. Más bien una antigua noria árabe”, corrigió don Sebastián. Esta zona fue famosa por sus sistemas de riego moriscos. Probablemente tiene siglos de antigüedad y ha quedado sepultada con el tiempo. Con renovado entusiasmo continuaron excavando hasta desenterrar parte de la estructura.

Era un pozo de unos 2 m de diámetro revestido con piedras perfectamente encajadas. ¿Crees que tendrá agua? preguntó Elena con el corazón acelerado. Solo hay una forma de saberlo. Con la ayuda de una cuerda y un cubo que don Sebastián trajo de su casa, intentaron alcanzar el fondo del pozo. Para su asombro, a unos 5 metros de profundidad, escucharon el inconfundible sonido del agua. “Agua!”, gritó Elena, incapaz de contener su emoción. “Tenemos agua.” Y por el sonido, diría que es un buen caudal.

añadió el anciano con los ojos brillantes. Esta es la razón por la que tu padre eligió este lugar para su huerto. Debió encontrar el pozo, pero luego lo abandonó cuando vio que requería demasiado trabajo desenterrarlo por completo. Elena sintió una mezcla de ira y tristeza. Cuántas cosas valiosas habría abandonado su padre por simple impaciencia. Lo limpiaré y lo pondré en funcionamiento. Decidió. Aunque tenga que hacerlo con mis propias manos. Durante las siguientes semanas, Elena dividió su tiempo entre tres tareas: restaurar el pozo, aprender sobre los árboles frutales y ganar algo de dinero para subsistir.

Las mañanas las dedicaba al terreno trabajando codo con codo con don Sebastián. las tardes a su nuevo trabajo como ayudante en la pequeña biblioteca del pueblo, donde podía consultar libros de agricultura mientras ganaba un modesto salario. Las noches las pasaba estudiando, planificando y ocasionalmente llorando de agotamiento, pero nunca ni por un momento, pensó en rendirse. El pueblo entero comenzó a murmurar sobre la chica de los árboles secos, como la llamaban. Algunos se burlaban abiertamente, otros la observaban con curiosidad y unos pocos le ofrecieron ayuda desinteresada.

Una de esas personas fue Lucía, la bibliotecaria, una mujer de mediana edad que había viajado por medio mundo antes de regresar a su pueblo natal. He encontrado esto para ti”, le dijo un día entregándole un libro antiguo. Es un tratado sobre injertos poco convencionales. Lo traje de mi viaje a Chile. Elena ojeó el libro con fascinación. Estaba lleno de técnicas de injerto que jamás había imaginado. Algunas de culturas indígenas que habían perfeccionado el arte de combinar diferentes especies para obtener frutos únicos.

Es maravilloso”, susurró recorriendo las páginas con reverencia. “Quédatelo”, sonrió Lucía. Alguien que trabaja tan duro merece todas las herramientas posibles. Para el final del primer mes, Elena había logrado limpiar completamente el pozo y construir un rudimentario sistema de poleas para extraer agua. Don Sebastián le enseñó a crear canales de riego utilizando piedras y arcilla, siguiendo las antiguas técnicas que habían usado los árabes siglos atrás. El agua comenzó a fluir por primera vez en años en aquel terreno pedregoso y los árboles recibieron su primera bebida profunda.

“Ahora viene lo difícil”, explicó don Sebastián. “La poda de recuperación. Tendremos que cortar todas las partes muertas para que la sabia se concentre en las zonas vivas. Fue un trabajo doloroso. Cada rama cortada parecía un pequeño funeral, pero Elena entendió la necesidad del sacrificio. A veces, para crecer, primero hay que perder partes de uno mismo. A tarde, mientras trabajaban en un ciruelo particularmente dañado, Elena notó que don Sebastián observaba con interés un pequeño brote verde que había aparecido en la base de uno de los manzanos.

¿Sabes lo que es eso? preguntó el anciano con una sonrisa misteriosa. Un retoño es la respuesta a nuestras plegarias, respondió acercándose lentamente. Este árbol está utilizando su último esfuerzo para producir un vástago. Es su forma de sobrevivir, de renacer. Elena se arrodilló junto al pequeño brote. Era apenas visible, una diminuta promesa verde que surgía de la tierra. Podemos usar esto. Podemos hacer mucho más que eso, respondió don Sebastián con entusiasmo. ¿Recuerdas el libro sobre injertos que te dio Lucía?

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