EL PADRE LA DEJÓ con ÁRBOLES SECOS… AÑOS DESPUÉS HERMANOS IMPLORARON que les ENSEÑARA…

Mientras trabajaban, Elena no pudo evitar pensar en lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo. de ser la hija invisible, la cuidadora silenciosa, se había convertido en una mujer con propósito, con sueños propios y la determinación de hacerlos realidad. El antiguo huerto de palos secos comenzaba a transformarse. Los canales de riego serpenteaban entre los árboles como venas de vida. Los troncos, antes grises y marchitos, mostraban ahora destellos de color bajo la corteza renovada. Y en el semillero, diminutas promesas verdes empezaban a asomarse a un mundo que las había olvidado.

¿Sabes qué es lo más valioso que tienes aquí?, preguntó don Sebastián una tarde mientras contemplaban su trabajo. El agua, aventuró Elena. Las raíces, respondió el anciano señalando hacia el suelo. Estos árboles tienen raíces profundas. Han sobrevivido a la sequía porque se negaron a rendirse, porque siguieron buscando agua en lo más profundo de la tierra. Como tú, Elena, tienes raíces profundas. Esa noche, mientras regresaba a casa bajo un cielo tachonado de estrellas, Elena sintió una conexión ancestral con aquella tierra.

Ya no era solo una herencia envenenada, era una oportunidad de redención, no solo para los árboles olvidados, sino para ella misma. Lo que no sabía entonces es que aquellas raíces profundas, aquella determinación silenciosa, pronto serían puestas a prueba de maneras que jamás habría imaginado y que el verdadero desafío apenas estaba comenzando. El verano llegó con una ola de calor despiadada que puso a prueba la resistencia de todo ser vivo en la comarca. Tal como Elena había previsto, la sequía comenzó a afectar seriamente a los cultivos de la región.

Los olivares de Javier mostraban signos de estrés hídrico y los campos de regadío de Raúl, a pesar de su proximidad al río, sufrían por la reducción del caudal. En contraste, el pequeño huerto de Elena florecía gracias al pozo y al eficiente sistema de riego. Los árboles, alimentados por agua constante y cuidados con devoción, comenzaban a mostrar claros signos de recuperación. Nuevas ramas brotaban de los troncos antes desesnudos y pequeñas hojas de un verde vibrante daban sombra a la tierra antes mañana de julio, Elena llegó al huerto para encontrar a don Sebastián contemplando uno de los manzanos con expresión de asombro.

“Mira”, exclamó el anciano cuando la vio llegar señalando una pequeña protuberancia verde en una de las ramas. El primer fruto. Elena se acercó corriendo. Efectivamente, ahí estaba. Una diminuta manzana, no más grande que una canica, pero perfectamente formada. Era el primer fruto que nacía en aquel huerto en más de una década. Es hermoso susurró con lágrimas en los ojos. ¿Cree que llegará a madurar con los cuidados adecuados? Sí, respondió don Sebastián. Este manzano es de los que injertamos primero, ¿recuerdas?

Es el que recibió la yema del árbol de mi jardín. Esa variedad antigua que ya no se encuentra. Elena tocó delicadamente el pequeño fruto. Era la prueba tangible de que lo imposible podía hacerse realidad con suficiente fe y trabajo. “Deberíamos protegerla”, sugirió de los pájaros y del sol. Con una delicadeza infinita construyeron una pequeña jaula de malla para proteger la manzana, asegurándose de que recibiera luz, pero no el sol directo del mediodía. La noticia del primer fruto en el huerto de los palos secos se extendió por el pueblo como la pólvora.

Pronto, la gente comenzó a acercarse para ver el milagro con sus propios ojos. Entre ellos, para sorpresa de Elena, estaba doña Carmen, la madre del alcalde y una de las mujeres más influyentes del pueblo. Es verdad lo que dicen entonces, comentó la mujer observando el manzano con interés. Has conseguido lo imposible. Aún queda mucho trabajo por hacer, respondió Elena con humildad. Doña Carmen la estudió con atención. Mi hijo está organizando la feria de productos locales para septiembre.

¿Deberías participar? ¿Con qué? Apenas tengo un fruto. Sonrió Elena. Con tu historia, respondió la mujer. A veces lo que la gente necesita no son productos, sino esperanza. Y tú, muchacha, has creado esperanza de la nada. Tras la visita de doña Carmen, otras personas comenzaron a acercarse al huerto. No todos venían por curiosidad morbosa. Algunos traían conocimientos, otros ofrecían ayuda. Una tarde, María, la nieta de la antigua herborista del pueblo, se presentó con un frasco de líquido verdoso.

Es un biofertilizante que mi abuela solía preparar, explicó. Fortalece las raíces y ahuyenta a ciertas plagas. Creo que podría ayudar a tus árboles. El gesto la conmovió profundamente. Poco a poco su proyecto solitario comenzaba a transformarse en algo más grande, algo que involucraba a la comunidad. Incluso Martín, el hijo del ferretero, se había convertido en un visitante regular. Venía con pretextos técnicos, revisar la bomba, ajustar el riego. Pero Elena sabía que había algo más en sus visitas.

Lo veía en la forma en que sus ojos se iluminaban cuando hablaban de proyectos futuros, en cómo escuchaba atentamente cada palabra que ella decía sobre sus árboles. Una tarde, mientras Elena clasificaba las plántulas que habían nacido de las semillas de don Sebastián, Martín le hizo una propuesta inesperada. He estado pensando, ¿podrías diversificar este terreno? El pozo tiene suficiente agua incluso para la sequía. ¿Has considerado plantar algunas variedades exóticas? ¿Podrían ser un complemento perfecto para los frutales tradicionales?

¿Variedades exóticas? Preguntó ella intrigada. frutas tropicales adaptadas al clima mediterráneo. En la universidad hice mi tesis sobre eso explicó Martín con entusiasmo. Hay ciertas variedades de mango, papaya e incluso chirimoya que pueden cultivarse aquí con técnicas de protección adecuadas. Elena lo miró fascinada. Jamás se le habría ocurrido algo así. Sería viable con el microclima que tienes aquí arriba y el agua asegurada. Sí, creo que funcionaría. respondió él. Podría conseguir algunos esquejes. Un amigo de la universidad trabaja en un centro de investigación agrícola en Valencia.

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