EL PADRE LA DEJÓ con ÁRBOLES SECOS… AÑOS DESPUÉS HERMANOS IMPLORARON que les ENSEÑARA…

Esa conversación marcó el inicio de una nueva fase en el proyecto. Martín no solo consiguió los esquejes prometidos, también trajo consigo un conocimiento técnico que complementaba perfectamente la sabiduría tradicional de don Sebastián. Los tres formaban un equipo peculiar pero eficaz. Don Sebastián con sus conocimientos ancestrales sobre injertos y variedades locales, Martín con su formación académica y visión innovadora, y Elena, el corazón del proyecto, con su determinación inquebrantable y capacidad para aprender y adaptarse. Durante las siguientes semanas prepararon un sector del terreno para las plantas exóticas, construyeron pequeños invernaderos con materiales reciclados y diseñaron un sistema de riego específico para cada variedad.

Elena absorbía conocimientos como una esponja, estudiando por las noches en libros que Martín y Lucía, la bibliotecaria, le proporcionaban. A mediados de agosto, la pequeña manzana había crecido hasta alcanzar un tamaño respetable. No era perfecta según los estándares comerciales. Tenía algunas manchas y una forma ligeramente irregular, pero para Elena era la cosa más hermosa que había visto jamás. “Pronto estará lista para ser cosechada,”, anunció don Sebastián con orgullo paternal. “Será la primera de muchas.” Efectivamente, otros árboles habían comenzado a dar frutos, aunque ninguno tan desarrollado como aquella primera manzana.

Los injertos estaban funcionando y las variedades antiguas demostraban su resistencia y adaptabilidad. Sin embargo, no todo eran buenas noticias. La sequía se intensificaba y con ella los problemas para los agricultores de la zona. Una tarde, Elena se encontró con Javier en la tienda del pueblo. Su hermano parecía agotado y preocupado. “¿Cómo va el olivar?”, preguntó ella intentando ser cordial. Javier la miró con resentimiento. Se está secando. Respondió secamente, como todo en esta comarca. Lo siento dijo ella sinceramente.

Lo sientes. Javier soltó una risa amarga. Tú eres la única que no tiene problemas de agua, ¿verdad? Con ese pozo milagroso que encontraste. Elena se mantuvo serena. El pozo siempre estuvo ahí. Solo había que buscarlo. Muy poético, escupió Javier. Mientras tú juegas a ser agricultora con tus arbolitos, familias de verdad están perdiendo su sustento. Las palabras dolieron, pero Elena no se dejó provocar. Si necesitas agua para salvar parte de tu olivar, podemos hablar. Ofreció. No quiero ver a nadie arruinado, ni siquiera a ti.

Javier la miró sorprendido, como si no pudiera creer lo que escuchaba. No necesito tu caridad, respondió finalmente, dando media vuelta. Esa noche Elena no pudo dormir. Las palabras de Javier resonaban en su mente. Era egoísta de su parte disfrutar del agua mientras otros sufrían. Por otro lado, ¿no había sido ella la que trabajó duramente para descubrir y restaurar el pozo que su padre había abandonado. La mañana siguiente, mientras regaba las nuevas plántulas, escuchó un ruido extraño proveniente del pozo.

Al acercarse, descubrió con horror que alguien había intentado manipular la bomba. Había marcas de herramientas en las tuberías y parte del cableado de la bomba solar estaba dañado. Alguien ha intentado sabotear el sistema, concluyó Martín después de examinar los daños. Afortunadamente no consiguieron mucho. ¿Quién haría algo así?, preguntó Elena, aunque en su corazón ya sabía la respuesta. Alguien desesperado respondió don Sebastián con voz grave. La sequía saca lo peor de la gente. Decidieron turnarse para vigilar el huerto.

Don Sebastián durante las mañanas, Martín por las tardes y Elena instaló una pequeña tienda de campaña para pasar algunas noches allí. No podían permitirse perder lo que tanto les había costado construir. Una noche, mientras Elena hacía guardia, escuchó pasos acercándose. Sigilosamente tomó una linterna y esperó. La silueta de un hombre apareció junto al pozo. Cuando estaba a punto de manipular la bomba, Elena encendió la luz. Raúl, dijo con voz firme, “¿Qué crees que estás haciendo?” Su hermano mayor se quedó paralizado, como un niño sorprendido robando dulces.

“Necesito el agua, respondió finalmente. Mis campos se están muriendo. ¿Y crees que la solución es robar, destruir lo que otros han construido? Es que no es justo, exclamó Raúl con la voz quebrada por la frustración. ¿Por qué tú, que nunca has trabajado la tierra, tienes agua mientras nosotros nos arruinamos? Elena se acercó a su hermano, iluminando su rostro con la linterna. Vio algo que nunca había visto antes en él. “Miedo, estás asustado”, afirmó. No como acusación, sino como constatación.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.