El piso de mármol de la cocina estaba helado, duro, implacable. Y ahí, en ese suelo gélido, se encontraba sentada doña Rosario, una mujer de 72 años. Su cuerpo frágil estaba encogido, las manos temblorosas descansaban sobre el regazo. Frente a ella, un plato hondo con restos fríos.

Tu mamá estaba comiendo nada más. Preparé la comida, pero insiste en decir que no le gusta. Ya sabes cómo es. Siempre terca. Doña Rosario forzó una sonrisa débil tratando de confirmar la mentira. Es cierto, hijo. No tengo mucha hambre. Javier la miró con desconfianza. Los ojos mareados de su madre contaban una historia distinta.

Sin embargo, cansado después de un largo día, decidió no profundizar. Bueno, vamos a comer juntos. Mariana sirvió a su esposo con esmero, carne suave, ensalada fresca, lo mejor de la mesa. El plato de la suegra permaneció olvidado con las obras sagrías. Javier notó la diferencia, incómodo, pero guardó silencio. Durante la comida reinó un silencio pesado.

Javier intentó hablar de negocios, pero su madre respondía con monosílabos. Mariana, por el contrario, llenaba el aire con comentarios de eventos sociales, compras y conocidos influyentes, como si quisiera desviar la atención. Javier volvió a mirar a su madre. Había algo mal, aunque todavía no podía ver la magnitud de lo que pasaba.

Esa noche, Rosario se encerró en su cuarto. Sentada en la orilla de la cama, respiró hondo. El estómago aún se revolvía por el sabor amargo. Pero no era solo el cuerpo lo que sufría, era el alma. Herida por cada palabra de desprecio. Abrió la gaveta de la cómoda. Allí guardaba dobladas con cuidado, sus ropas más viejas.

una falda desteñida, una blusa remendada y un abrigo gastado que había usado por décadas. Podría pedirle a su hijo ropa nueva, pero no quería. No quería convertirse en carga. En la recámara principal, Mariana desfilaba con un vestido de seda probando perfumes caros frente al espejo. Sonríó satisfecha. Para ella todo era apariencia.

El mundo debía verla como una mujer perfecta, esposa ejemplar, dueña de una casa elegante. Pero apenas Javier cerraba la puerta del despacho, su verdadero rostro aparecía. A la mañana siguiente, Mariana dejó sobre la mesa un desayuno para Rosario, un pedazo de pan duro y café recalentado. Para Javier preparó huevos frescos, jugo natural y fruta cortada en copas de cristal.

Doña Rosario, aproveche”, dijo con una ironía disfrazada. Rosario miró el pan endurecido, tragó saliva y agradeció en voz baja. “Gracias, hija.” Mariana sonrió con sarcasmo. “No hay de qué, es lo que hay.” Javier, leyendo el periódico, no notó la enorme diferencia entre los platos. estaba sumergido en contratos y números, convencido de que en casa todo marchaba bien.

Esa tarde Rosario salió al patio a recoger la ropa del tendedero. El sol caía fuerte sobre sus hombros delgados. Mientras doblaba sábanas, escuchó a Mariana hablando por teléfono y riendo. Claro que no voy a llevar a esa vieja a ningún evento. Ya te imaginas la vergüenza.

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