El piso de mármol de la cocina estaba helado, duro, implacable. Y ahí, en ese suelo gélido, se encontraba sentada doña Rosario, una mujer de 72 años. Su cuerpo frágil estaba encogido, las manos temblorosas descansaban sobre el regazo. Frente a ella, un plato hondo con restos fríos.

Él rió amargo. Tú aportaste fiestas y apariencias, pero quien me enseñó valores fue mi madre y ahora tendrás que enfrentar las consecuencias de tus actos. El aire se volvió denso. Mariana intentó recuperar la compostura. Te vas a arrepentir de hablarme así. Yo sigo siendo tu esposa.

Javier tomó la mano de su madre. Mi prioridad ahora es ella. Siempre debió serlo. Mariana apretó los labios furiosa. Sabía que estaba perdiendo terreno, pero no pensaba rendirse. Ya veremos cuánto dura tu teatrito, Javier, dijo con voz helada antes de salir y azotar la puerta. El eco recorrió toda la casa. Javier cerró los ojos respirando hondo.

Miró a su madre que temblaba. Se acabó, mamá. No voy a permitir que vuelva a hacerte daño. Rosario lloraba en silencio. Nunca quise causarte problemas, hijo. Él la abrazó fuerte. Usted jamás fue un problema. El error fue mío por no ver lo que pasaba. Te prometo que no volverá a repetirse.

Esa tarde Javier decidió quedarse a su lado. Preparó el almuerzo con sus propias manos, arroz fresco, frijoles bien sazonados y carne suave. Sirvió a Rosario en la mesa principal como se merecía. Ella intentó rehusarse. No es necesario, hijo. Yo puedo comer cualquier cosa. Pero Javier tomó su mano. No, mamá. Usted va a comer lo mejor que haya en esta casa. Siempre.

Rosario sonrió tímida con lágrimas en los ojos. En ese momento, Mariana bajó las escaleras con gafas oscuras y un gesto forzado. Observó la escena. “Qué bonito cuadro”, dijo con ironía. “Parece una novela.” Javier se levantó. No es una escena, es respeto. Algo que deberías mostrarle a mi madre. Mariana rió con desprecio. Respeto.

Yo siempre he hecho de todo por esta casa y ahora me pintas de villana porque tu madre es frágil y dramática. Javier respiró hondo. Dramática. Yo vi lo que hiciste. Escuché lo que dijiste. No intentes dar la vuelta. Ella dio unos pasos hacia él, la mirada afilada. ¿Quién te va a creer? ¿A una vieja senil o a mí? Soy tu esposa, tu compañera.

Sin mí no tendrías la mitad de las puertas abiertas que tienes. Él habló con calma, pero con firmeza. Prefiero perder puertas antes que perder mi conciencia. Los ojos de Mariana se entrecerraron. Sus armas de manipulación ya no funcionaban. Entonces, ¿es así? ¿Me cambias por ella? No se trata de cambiar, se trata de justicia.

Nunca debí permitir que la trataras así, mamá”, respondió Javier mirando a Rosario. La anciana bajó la cabeza conmovida. Mariana, sintiéndose acorralada, intentó una última jugada. Se acercó a Javier colocando las manos en su pecho. “Amor, no hagas esto. Me equivoqué, pero fue por celos. Pasas tanto tiempo pendiente de ella. Yo solo quería tu atención.

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