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El gran restaurante rezumaba opulencia: risas ahogadas, tintineo de cubiertos, perfumes exclusivos flotando sobre los manteles inmaculados. En el centro de la sala, en el lugar más codiciado, Edward Harrington se sentaba como un rey. Frente a él, Margaret, su esposa, perfecta de pies a cabeza, lo supervisaba todo con mirada segura.
Edward, por su parte, nunca había temblado ante nadie. Era conocido por su serenidad, su voz serena capaz de convencer a juntas directivas enteras. Sin embargo, esa noche... algo se desmoronaba, imperceptiblemente, como una grieta en un mármol excesivamente liso.
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La camarera se acercó con dos platos. Parecía apenas una adolescente. Nada extraordinario, a primera vista: un uniforme sencillo, movimientos precisos, una cortesía impecable. Pero en el momento en que colocó el plato delante de Edward, este se quedó paralizado, como si de repente le faltara el aire.
No era su atuendo. Ni su actitud. Eran sus ojos.
Esa mirada había cruzado su vida quince años atrás... y luego se había desvanecido, engullida por una mentira que él llegaría a llamar "tragedia".
"¿Se encuentra bien, señor?", preguntó la joven, al notar su repentina palidez.
Edward parpadeó lentamente, con un nudo en la garganta.
"¿Cómo... cómo se llama?"
Parecía sorprendida de que se lo preguntara.
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