"Lily, señor."
A su lado, Margaret frunció el ceño, molesta.
"Edward, ¿qué haces? Es una empleada. Come y deja de hacer un escándalo."
Pero Edward ya la había desconectado. No podía apartar la mirada de la de Lily.
"Lily... ¿tu apellido?"
La joven camarera bajó la cabeza ligeramente, como avergonzada por la respuesta.
“Yo… yo realmente no tengo. Crecí en un hogar de acogida. Siempre me dijeron que me habían abandonado de bebé. Sin la documentación adecuada. Sin antecedentes.”
El vaso de Edward se le resbaló de las manos y se hizo añicos en el suelo.
El tintineo del cristal interrumpió bruscamente el ambiente. Las conversaciones se apagaron. Las cabezas se giraron.
Margaret, sin embargo, no se movió de inmediato. Su rostro se quedó inexpresivo, como si acabaran de apagar las luces.
Edward se puso de pie de un salto.
Quince años antes, le habían dicho que su pequeña no había sobrevivido. Le habían entregado un pequeño paquete, una manta rosa, un susurro de condolencias. Margaret había llorado a su lado, besándolo, jurando que no había nada que hacer. Lo había aceptado, porque el dolor lo vuelve crédulo. Porque uno se aferra a la versión menos insoportable.
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