El poderoso magnate rompió a llorar cuando se dio cuenta de que la joven camarera no era otra que su hija, que había estado desaparecida durante quince años, una revelación impactante que expuso el plan cuidadosamente orquestado por su esposa.

"Cinco minutos, Lily. Por favor". Tras un momento de vacilación y un asentimiento reticente del encargado, Lily accedió. Salieron a la acera, fuera del alcance del oído.

Edward se agachó a su altura, como se haría con alguien a quien se teme asustar.

"¿Tienes... algo de tu infancia? Un objeto. Un detalle. Una marca distintiva."

Lily se llevó una mano al cuello.

"Tengo... una pequeña marca aquí. Como una estrella. Y... me dijeron que me encontraron una manta rosa, bordada con una 'E'. La conservé. ¿Por qué?"

Edward sintió que sus piernas cedían. Esa manta. Esa inicial. Podía verla de nuevo, casi sentirla bajo sus dedos.

"Lily...", murmuró con la voz quebrada. "Eres... mi hija."

Ella retrocedió, sorprendida.

"¿Estás bromeando? ¿Estás jugando conmigo?"

"No", respondió con los ojos brillantes. "Jamás jugaría con eso. Me dijeron que estabas muerta. Te lloré. Viví con un agujero en el pecho durante quince años. Y ahora... estás ante mí."

Tragó saliva con dificultad.

"Te pareces a tu madre. Como a mi primer amor."

Tras ellos, la puerta del restaurante se abrió de golpe.

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