El poderoso magnate rompió a llorar cuando se dio cuenta de que la joven camarera no era otra que su hija, que había estado desaparecida durante quince años, una revelación impactante que expuso el plan cuidadosamente orquestado por su esposa.

“Te busqué. Todos los días. Pensé que te había perdido. Tú no eras el problema… la mentira lo era.”

Margaret dio un último paso hacia él.

“Edward… aún podemos…”

“Fuera”, la interrumpió.

Se quedó paralizada.

“¿Disculpa?”

“Haz las maletas. Vete de mi casa. Mis abogados te hablarán a partir de ahora.”

Las semanas siguientes no fueron un cuento de hadas. Lily no se adaptó fácilmente a la mansión, a los guardias, a las habitaciones grandes y silenciosas. Se sentía como una invitada en una vida demasiado grande.

Una noche, Edward la encontró sola, frente a un plato de comida intacto.

“¿No tienes hambre?”, preguntó con dulzura.

Ella negó con la cabeza.

“No es que… es que siento que no pertenezco aquí.”

Edward se sentó a su lado, sin aire de indiferencia, sin aire de grandeza.

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