El poderoso magnate rompió a llorar cuando se dio cuenta de que la joven camarera no era otra que su hija, que había estado desaparecida durante quince años, una revelación impactante que expuso el plan cuidadosamente orquestado por su esposa.

"Una casa no hace una familia. Lo que importa eres tú. No las paredes. No el dinero."

Lily lo miró con recelo… pero menos que antes.

"¿De verdad lo crees?"

"Lo juro", respondió. "He desperdiciado quince años. Si me dejas… me pasaré el resto de mi vida intentando arreglarlos."

Poco a poco, Lily lo aceptó: una cita, luego otra. Una conversación. Una risa tímida. Edward asistió a sus clases, a sus eventos, a todo lo que un padre debería haber visto desde el principio.

Margaret, en cambio, acabó enfrentándose a la justicia: fraude, secuestro, poner en peligro a un menor. Todo lo que ella había llamado "protección" tenía otro nombre.

El día del juicio, los periodistas se agolparon a su alrededor. Edward tomó la mano de Lily.

"Si no quieres verla, no tienes por qué hacerlo." Lily respiró hondo y susurró:

“Ya no la quiero en mi vida. Solo quiero… estar contigo”.

Y esa noche, en el silencio de la mansión, Lily entró en la oficina de Edward.

“Papá… ¿puedo llamarte así?”

Edward cerró los ojos. Y, por primera vez en quince años, dejó que las lágrimas fluyeran sin vergüenza.

“Sí”, suspiró. “Sí… esa es la palabra que he estado esperando todo este tiempo”.

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