“Mi mamá tenía una igual,” dijo Mateo inocente. “¿Cómo se llamaba tu mamá, cariño?”
“Marina.”
Un silencio denso. Beatriz se tambaleó.
Clara dio un paso al frente. “Si puede. Marina era tu hermana. Ella sobrevivió, Beatriz. Y ese niño es su hijo. Murió hace tres años en Granada.”
La Dama del Miedo cayó de rodillas, rompiendo en llanto.
Mateo, con la inocencia más pura, se acercó y la abrazó.
“No llores, señora. Mi mamá decía que las flores doradas crecen donde hay perdón.”
Beatriz tembló. Acarició el rostro del niño, buscando el tacto perdido de su hermana. En ese gesto simple, toda su dureza se desmoronó.
“No me agradezcas a mí,” respondió Clara. “Agradece al niño que te devolvió a tu familia.”
El viento sopló, haciendo caer los pétalos de los jazmines. Una lluvia de luz. Beatriz tomó la mano de Mateo.
“No las dejaré marchitar, cariño. Nunca más.”
Clara observó. El rostro de Beatriz mostró, por primera vez, paz. La guerra silenciosa había terminado. El amor había encontrado el camino a casa. El perdón, finalmente, había florecido sobre el miedo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
