El secreto de la noche de bodas

Me casé con el amigo de mi padre. Nunca imaginé que mi noche de bodas terminaría con una frase que lo cambiaría todo:

"Lo siento. Debí habértelo dicho antes".

A los 39 años, ya había pasado por relaciones largas, había intentado construir algo juntos y me habían roto el corazón más de una vez. En el fondo, estaba convencida de que el amor no era para mí.

Hasta que llegó Steve, no como un desconocido, sino como el mejor amigo de mi padre, alguien a quien siempre había visto de pasada, pero a quien nunca había mirado en serio.

Tenía 48 años, casi diez años mayor que yo, pero cuando nuestras miradas se cruzaron esa tarde en casa de mi padre, sucedió algo inexplicable.

Una sensación de calma. De seguridad. De pertenencia.

Empezamos a salir. A mi padre le encantaba la idea de unir sus dos mundos: el de su hija y el de su mejor amigo.

Seis meses después, Steve le propuso matrimonio. Y dije que sí sin dudarlo.
Tuvimos una boda sencilla, hermosa e íntima. Llevaba el vestido blanco con el que había soñado desde pequeña.

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