Y allí, en nuestra noche de bodas —que tenía todos los ingredientes para ser un desastre— hicimos algo más íntimo que cualquier caricia:
nos dijimos la verdad.
Hablamos durante horas.
Reímos, lloramos, hablamos del accidente, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras posibilidades.
Nos abrazamos, y ese abrazo significó más que cualquier perfección esperada.
Esa noche entendí:
La verdadera intimidad no exige actuación.
Exige sinceridad.
Y amor…
El amor no es lo que el cuerpo puede hacer.
Es lo que el corazón tiene el valor de revelar.
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