El Secreto de la Seda Blanca

Una Pesadilla de Alfileres
Eran las 2 de la mañana en la imponente mansión colonial de Puebla. El silencio de la noche fue interrumpido por un grito que estremeció a todos.

En la habitación del pequeño Leo, de 6 años, se libraba una batalla desigual.

Su padre, Javier, un empresario exhausto, sujetaba a su hijo. Paciencia agotada.

“¡Deja ya esta rabieta! Te vas a dormir. Necesito descansar,” gritó con la voz ronca.

Con un movimiento brusco, presionó la cabeza del niño contra la suave almohada de seda egipcia.

La respuesta de Leo fue inmediata, aterradora. Un grito de puro dolor. No era un quejido.

Luchaba frenéticamente por levantar la cara. Lágrimas corrían por sus mejillas, ya rojas y amoratadas.

Javier, cegado por el cansancio, lo interpretó como desobediencia. Ignoró el sufrimiento.

Cerró la puerta con llave desde fuera. Se marchó a su habitación, dejándolo sollozando en la oscuridad.

Pero en el pasillo, oculta entre las sombras, estaba Clara. La nueva niñera. Canosa y observadora.

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