El Secreto de la Seda Blanca

El niño seguía acurrucado. Asustado. Esperando el castigo que solía recibir.

Javier, llorando profusamente, cayó de rodillas junto a la cama.

Abrazó a su hijo con una ternura que no había mostrado en meses.

“Perdóname, hijo mío. Perdóname por no creerte. Perdóname por hacerte daño,” sollozó.

Leo, sintiendo la sinceridad. Viendo que las espinas habían desaparecido. Se relajó en sus brazos.

Clara observaba la escena. Agotada, pero aliviada.

Sabía que esa noche había salvado. No solo el sueño de un niño. Sino el alma de una familia.

Renacimiento y Gratitud
Semanas después. La atmósfera en la mansión de Puebla es de paz y renovación.

La habitación de Leo ha sido redecorada. Libre de cualquier recuerdo del trauma.

Duerme plácidamente en una cama nueva y suave. Abrazado a un osito de peluche. Sin miedo a cerrar los ojos.

Javier, transformado por la culpa y la gratitud. Se ha convertido en un padre vigilante y amoroso.

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