El Secreto de la Seda Blanca

Sintió un nudo en el corazón.

Ella sabía distinguir. El llanto de un niño mimado. El llanto de un niño herido.

Ese sonido no era una actuación. Era alguien siendo lastimado físicamente. En el lugar donde debería estar más seguro.

Clara, gracias a sus años de experiencia, había notado un patrón inquietante.

Durante el día, Leo era dulce, tranquilo, alegre. En cuanto se ponía el sol… pánico.

Lo había visto intentar dormir en la alfombra, acurrucado en un sillón duro. Evitaba la cama a toda costa.

Aún más alarmantes eran las marcas. La cara y las orejas del niño, rojas por la mañana. Pequeños arañazos y picaduras.

Su madrastra, Mónica, las atribuía a una alergia grave. O a que se rascaba durante las pesadillas. Mónica era la prometida de Javier. Fría y calculadora.

Ella era la artífice de ese tormento.

Veía a su hijastro como un obstáculo para viajar por el mundo con la fortuna de su futuro marido.

Su objetivo: enviar a Leo a un internado militar. Alegar que era incontrolable. Necesitaba corrección estricta.

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