El Secreto de la Seda Blanca

Para lograrlo, debía convencer a Javier de que el chico tenía un trastorno mental.

Mónica transformó su santuario de descanso en una cámara de tortura invisible.

Alimentaba la narrativa: Leo se lastimaba a propósito para llamar la atención. Manipulaba el agotamiento de Javier. Ponía a padre en contra de hijo.

Clara sospechaba. La locura del chico tenía una causa externa. Cruel.

Esa noche, al oír los gemidos ahogados, decidió no ser cómplice.

La situación llegó a un punto crítico. Javier, convencido por las palabras venenosas de Mónica, tomó medidas drásticas.

“Tiene que aprender a quedarse en la cama de una forma u otra,” declaró el padre.

Instaló barandillas altas en la cama de Leo. Amenazó con atarle las muñecas si seguía levantándose.

Mónica observaba con contenida satisfacción. Reforzaba la idea de la mano dura.

El ambiente se volvió insoportable. Tensión flotando. El hogar, un campo de batalla psicológico.

Clara intentó intervenir. Sugirió tímidamente que algo andaba mal en la habitación o en la cama.

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