Usó la llave maestra. Ama de llaves. Tenía acceso. Giró la cerradura en silencio.
Decidida a desentrañar el misterio.
Al entrar, encontró a Leo despierto. Acurrucado en el rincón más alejado de la cama.
La cabeza apoyada en las rodillas. Lo más lejos posible de la almohada.
Sollozando suavemente. Para no despertar al monstruo que creía ser su padre.
Clara se acercó lentamente. Iluminó suavemente el rostro del niño.
“No tengas miedo, es la abuela Clara,” susurró.
Leo la miró con los ojos hinchados. Exhausto. Marcado por el pánico.
“Me duele, abuela. La cama me muerde,” dijo con la devastadora inocencia.
Clara sintió un escalofrío. Le pidió que se levantara. Se acercó al cabecero.
A primera vista, la almohada era perfecta. Mullida. Impecable funda de seda blanca. Una invitación al descanso.
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