Docenas de alfileres largos. Afilados. De cabeza plana. Esparcidos por la cama. Brillando a la luz de la lámpara.
Habían sido insertados cuidadosamente. Justo debajo de la primera capa del revestimiento. Con las puntas hacia arriba.
Invisibles a la vista. Imperceptibles al tacto. Letales bajo presión.
Javier observó los alfileres dispersos. Cientos de agujas diminutas. Listas para perforar.
Luego miró el rostro de su hijo. Las marcas rojas. Los arañazos. Que él había estado ignorando.
La comprensión lo golpeó con la violencia de un tren desbocado.
Cada vez que gritaba “¡Duerme!” y empujaba la cabeza de Leo contra la almohada…
Estaba literalmente empujando la cara de su hijo contra un lecho de clavos.
Había sido el ejecutor involuntario. De una tortura medieval. Contra la persona que más amaba.
El horror de sus propias acciones lo dejó sin aliento.
Mónica, de pie en la puerta, intentó mantener la farsa. Llevándose las manos a la boca. Gesto teatral.
“¡Dios mío! ¿Quién haría algo así? Debió ser un error de fábrica,” exclamó.
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