Pero Javier, despertando de su trance de negligencia, levantó la vista. Rebosante de culpa y furia.
A través de la puerta abierta de la habitación contigua, donde Mónica solía alojarse, vio su costurero abierto.
Faltaban los alfileres de ese tipo.
La mentira de la novia se desmoronó. Ante la evidencia física. La meticulosa crueldad que requería.
El odio que Javier sintió fue más fuerte que cualquier amor que jamás hubiera creído sentir por ella.
Javier se levantó temblando. De rabia absoluta.
Se acercó a Mónica. Agarró un puñado de alfileres. Se los puso en la mano, obligándola a cerrar los dedos.
“Dijiste que era una alergia,” susurró con los ojos inyectados de furia. “Querías que internaran a mi hijo por loco. Mientras tú lo pinchabas todas las noches.”
Mónica intentó retroceder llorando. Inventando excusas incoherentes.
Javier la echó de la habitación con un grito que estremeció la mansión. Le ordenó que se fuera inmediatamente.
Amenazando con llamar a la policía. Denunciarla por maltrato infantil y lesiones graves. Si no desaparecía de sus vidas para siempre.
Mónica huyó. Dejó atrás el lujo que anhelaba. Vencida por su propia maldad.
Tras la amenaza, Javier se volvió hacia Leo.
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