EL ÚLTIMO PROTOCOLO

I. EL NUNCA IRREVERSIBLE
La oficina del Doctor Ramírez olía a desinfectante y desesperación. Javier no podía apartar la mirada del yeso gris de la pared. Contaba las grietas. Había diecisiete.

La silla de plástico fría le mordía la espalda. El neurólogo, con su bata inmaculada, no se sentó. Era una postura de juicio.

“Señor Javier, necesito ser directo.”

Javier apretó los puños. Sabía lo que venía. Llevaba seis meses en guerra, librando batallas en Londres y Boston. Había gastado una fortuna en promesas que no eran más que humo.

“Los niños tienen parálisis cerebral severa.”

El aire se detuvo en los pulmones de Javier. No era una noticia, era una condena. “¿Qué significa eso?”, preguntó. Su voz era un susurro ronco, despojado de la autoridad que usaba para cerrar acuerdos de millones.

El doctor deslizó un folio sobre la mesa. Un dibujo clínico, cruel. “La lesión es irreversible. Significa que nunca van a caminar. Nunca van a tener autonomía.”

Nunca.

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