EL ÚLTIMO PROTOCOLO

La palabra resonó en la cabeza de Javier como el toque de campana en un funeral. Una campana para Sofía, muerta en el parto, y ahora una campana para el futuro de sus hijos. Mateo y Lucas, dos milagros incompletos.

Javier no aceptó el diagnóstico. No aceptaba el nunca. No podía. Sería rendirse a la muerte dos veces.

La lucha se convirtió en una espiral. Terapias experimentales, acupuntura, células madre. La casa se llenó de equipos médicos que parecían instrumentos de tortura. Pero los gemelos seguían en sus sillas.

La esperanza se esfumó. El dinero seguía fluyendo, pero la luz en su interior se apagaba.

II. PRISIONERO DE LA VIGILANCIA
Javier siempre fue un hombre de control absoluto. En su empresa, cada decisión era suya. En su vida, cada evento era planificado. Ahora, el control se había transformado en una jaula.

Instaló cámaras. No dos ni tres. Cámaras por todas partes. En la sala, en las habitaciones, en la cocina. El miedo era su combustible. La primera niñera dejó caer a Mateo. La segunda, un error de medicación. La tercera, el abandono a mitad del día. Cada error era una puñalada. Cada falla confirmaba su paranoia: no podía confiar en nadie.

Solo las cámaras no mentían.

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