Se volvió un fantasma. Dejó de dirigir su imperio. Sus reuniones eran un fraude, su mirada fija en el teléfono. Veía la casa, pero no vivía en ella.
Un zoom en el rostro de Mateo. ¿Está respirando bien? Un zoom en la botella de Lucas. ¿Es la dosis correcta?
El control garantizaba la seguridad, pero le robaba el alma. Javier era un prisionero de su propia vigilancia. Se estaba vaciando por dentro.
Entonces, apareció Verónica.
III. VERÓNICA Y EL CAOS NECESARIO
Cuando Verónica tocó el timbre, Javier pensó: No.
No tenía el perfil de mármol de las otras. No llevaba uniforme. Era una mujer sencilla de Valencia, treinta años, con el cansancio honesto marcado en su rostro. Manos callosas, ojos que habían visto la enfermedad de cerca mientras cuidaba a su propia madre.
Javier la descartó mentalmente. “¿Por qué quiere este trabajo?” Verónica lo miró. No se encogió. “Porque no me rindo con las personas. Y parece que usted necesita a alguien así.”
Fue la sinceridad lo que lo desarmó. O tal vez su propio agotamiento de la perfección estéril. La contrató. Siete días de prueba.
Verónica era diferente. Seguía las reglas: puntualidad, medicación, higiene. Pero hacía algo más.
Javier la veía en las pantallas. Ella hablaba con los niños, no con el tono infantilizado de las anteriores. Hablaba de verdad, con dignidad. Contaba historias antiguas. Cantaba flamenco suave.
“Mateo, esta es de la época en que tu mamá era joven,” decía, poniendo una canción de los ochenta.
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