EL ÚLTIMO PROTOCOLO

El corazón de Javier dejó de temblar de miedo y latió por algo más. Esperanza.

Esa misma semana, Verónica tuvo que irse de urgencia. Su madre había empeorado. Javier estaba solo. No había niñera de reemplazo. No había protocolo. Tuvo que bañarlos. Sintió el peso de sus cuerpos frágiles, el olor a bebé limpio, el calor de la vida. Cambió los pañales. Vio sus rostros de cerca, sin el filtro frío de una cámara.

Y por primera vez en años, no vio a los pacientes. Vio a los hijos de Sofía. Recordó su promesa. Sofía, con siete meses de embarazo, acariciándose el vientre, en la oscuridad de su habitación.

“Javier, ¿me prometes algo?” “¿Qué?” “Si algo me pasa, nunca te rindas con ellos. Nunca.”.

Javier se derrumbó. Lágrimas gruesas le corrieron por la cara. Lloró por Sofía, por la rabia, por el tiempo perdido. Lloró hasta que no le quedó nada más que la promesa.

V. SIETE DÍAS, TODO O NADA
Cuando Verónica regresó, lo encontró cambiado. No el dictador vigilante, sino un hombre quebrado que buscaba una brinch.

“Verónica,” dijo Javier. Su voz era firme. “Te voy a dar siete días. Siete días para demostrarme que lo que haces funciona. Si no cambia nada, volvemos a mi protocolo. Si cambia, confío en ti”.

“Siete días es todo lo que necesito,” sonrió ella.

Verónica trajo a Elena. Fisioterapeuta. Especialista en estimulación neurológica infantil. Una mujer que no aceptaba los diagnósticos sin cura.

Elena examinó a Lucas. Presionó levemente su pie. “Señor Javier, mire esto.”

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.