EL ÚLTIMO PROTOCOLO

“¡Ejercicios! Esto es charlatanería. Van a lastimar a estos niños. Lo están manipulando, Señor Javier. Quieren su dinero.”

El doctor miró a Elena con desprecio, luego a Javier con una burla helada. “Voy a informar esto al Consejo Tutelar. Y usted va a perder su licencia.” Salió dando un portazo que sacudió la casa.

Tres días después, la notificación. Inspección. Investigación abierta.

El lunes de la inspección. El día del todo o nada. El Dr. Ramírez entró triunfante, acompañado de una asistente social y un representante del hospital. “Veamos esa mejora milagrosa de la que tanto habla,” dijo con una ironía venenosa.

Javier no respondió. Solo señaló la sala.

El Dr. Ramírez avanzó. La asistente social se quedó atrás, nerviosa. El representante del hospital sostenía su portapapeles.

El médico se detuvo en seco. Se quedó helado. Las sillas de ruedas. Estaban vacías.

Mateo y Lucas estaban de pie. Sostenidos por las manos de Verónica y Elena. Pequeños, tambaleantes, pero erguidos. “¡Imposible!” susurró el médico. Su rostro se vació de sangre.

Y ocurrió. El sonido de un pie arrastrándose contra la alfombra. Un roce. Mateo dio un paso. Un paso lento, tembloroso, luego otro. Real. Lucas hizo lo mismo.

Los dos caminaron, paso a paso, en la distancia de la habitación, hasta caer en los brazos de Verónica, riendo.

La asistente social se llevó una mano a la boca. Comenzó a llorar. El representante del hospital se quedó boquiabierto, el portapapeles olvidado. El Dr. Ramírez estaba blanco como el papel.

“Esto no puede estar pasando…”

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