EL ÚLTIMO PROTOCOLO

“Pero está pasando,” dijo Javier. Levantó el celular, mostrando el video de los ejercicios. El brillo azul de la pantalla iluminó la cara de shock del médico. “Y usted dijo que era imposible.”

VII. REDENCIÓN Y JUSTICIA
En los días siguientes, Javier usó su fortuna y su control no para vigilar, sino para investigar.

Descubrió la verdad. El Dr. Ramírez había falsificado documentos. Había alterado informes para forzar cirugías de inmovilización, cirugías caras que le reportaban millones a él y al hospital.

El nunca no había sido un diagnóstico. Había sido un fraude. El asunto se volvió penal. Abuso de poder, falsificación, intento de fraude médico.

La prensa, llamada por Javier, estuvo presente en la segunda inspección. Reporteros, flashes, cámaras. Todos vieron a Mateo y Lucas caminar, balbucear, jugar. La evidencia era irrefutable. El Dr. Ramírez perdió su licencia. Fue condenado y encarcelado.

Javier usó su fortuna para crear una clínica especializada en “diagnósticos imposibles”. Un lugar donde nadie se rendía fácilmente. Elena y Verónica se convirtieron en las columnas de la clínica. Javier pagó la carrera de fisioterapia de Verónica. Ella estudió, se graduó y regresó como la fisioterapeuta oficial de los niños. Con un salario digno y respeto. También pagó el tratamiento hospitalario de su madre, que mejoró rápidamente. Algunos años después. Mateo y Lucas caminan. Juegan. Pelean. Viven. No son perfectos, pero son libres.

Javier lo había perdido todo para ganar lo único que importaba. Aprendió la lección más importante de su vida. El amor no es vigilar. El amor es creer.

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