El último regalo de mi marido.

Y también con un miedo patológico a parecer débil. Admite que teme no poder con la situación, que le preocupa el dinero, que quiere complacerme pero no sabe cómo.

Etapa 8. Una carta que no verá
Una noche, me senté a la mesa, saqué una hoja en blanco y escribí:

"Seryozha.
Encontré tu regalo. Y tu carta.
Tenías razón: estaba muy enfadada. Perdóname.
No dejaba de pensar en lo que no me dabas: atención, dinero, palabras. Y tú me diste a tu manera. Estaba ciega.
Gracias por ahorrar para nosotros. Por pensar en el futuro, incluso cuando casi dejé de creer en él.
Abrí esa cuenta, pero no gasté ni un céntimo. Decidí dejarla así por ahora, como un monumento a tu amor.
¿Sabes qué es lo más importante?
No sé si me oyes. Pero creo que por primera vez en muchos años lo entiendo claramente: me amabas. No como en las películas, ni como en los libros, sino de verdad.
Y yo te amaba. Solo que olvidé decírtelo con demasiada frecuencia.
Perdóname por el hecho de que nuestro último recuerdo juntos no sea risas, Pero mi dolor. Intentaré vivir para que no te avergüences de mí.
Tu Lena.

Doblé la carta, la guardé en la misma caja donde guardaba su nota y la escondí en el armario, donde antes estaba ese mismo perfume.

Epílogo. Un olor que no tuve tiempo de percibir
Pasaron unos meses más.
Conseguí un nuevo trabajo, adquirí la costumbre de ir al parque los domingos y me apunté a clases de fotografía. Mi vida fue cobrando un nuevo sentido, pero la sombra de Sergey seguía presente: en las fotografías de la pared, en su reloj en mi mesita de noche, en la cadena de oro que llevaba al cuello.

Un día, mientras desempacaba otra caja, volví a encontrar la botella de plástico. Estaba vacía; había tirado el líquido rosa por el lavabo el día que encontré el regalo.

De repente me di cuenta de que ni siquiera lo había olido.

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