El último regalo de mi marido.

Desenrosqué el tapón y me llevé la botella a la cara con cuidado. El aroma era inesperadamente suave; no era barato ni áspero, sino cálido, con un ligero toque de vainilla y algo herbal.

No era "rosas de supermercado", sino un aroma muy similar al que elegí yo misma hace muchos años. El frasco era caro por aquel entonces, y Sergey y yo dudamos mucho si comprarlo o no.

"Luego", dijo. "Cuando haya una razón".

Probablemente recordaba ese aroma e intentaba encontrar algo parecido más barato.
No tenía dinero extra entonces; todo lo destinaba a ese depósito secreto. Pero aun así quería que me sintiera bien. Al menos un poco.

Sonreí entre lágrimas.
Habíamos vivido juntos tantos años, y aún no había aprendido a leer entre líneas en sus gestos silenciosos.

Dejé el frasco vacío en el estante, junto a su foto.
No como un recordatorio de mis sentimientos heridos, sino como un recordatorio de las conclusiones precipitadas que podrían envenenar nuestros últimos momentos juntos.

Si pudiera volver a esa noche, inhalaría ese aroma al instante.
Me reiría, lo abrazaría, le daría las gracias por el reloj y el extraño perfume.
Habría notado su nerviosismo y lo habría mirado a los ojos con más atención. Quizás entonces habría visto la fatiga y el atisbo de dolor que presagiaban su temprana partida.

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