Después de seis meses, el dolor disminuyó, pero no desapareció. Aprendí a vivir sola: pagar facturas, arreglar el grifo que goteaba, sacar la basura, cargar bolsas pesadas.
A veces pensaba que estaba a punto de entrar por la puerta, igual que antes: cansado, con su eterno "¿Lyon, tenemos algo de comer?".
Sus camisas colgaban en el armario, su maquinilla de afeitar en la balda del baño.
No podía tirar nada, ni siquiera un cepillo de dientes viejo.
Un frasco de perfume de plástico acumulaba polvo en ese mismo armario. A veces, al guardar mis cosas, lo veía y me daba la vuelta de inmediato, como si fuera un reproche congelado en el tiempo.
Pasó casi un año.
Y entonces, un día nublado de otoño, finalmente decidí limpiar el armario.
Etapa 3. El frasco que no se caía
Saqué las cajas de ropa de invierno y doblé con cuidado los suéteres, las bufandas y los guantes. Mi memoria se aferraba a cada pequeño detalle: ahí está la bufanda negra que le tejí el invierno antes de su viaje de negocios. Ahí está el sombrero que odiaba, pero que seguía usando porque "lo intentaste".
En el estante más alejado, detrás de la caja de adornos para el árbol de Navidad, allí estaban: perfume barato en un frasco de plástico.
Lo recogí con dos dedos, a punto de tirarlo a la basura.
En ese momento, el teléfono sonó fuerte y me estremecí; el frasco se me resbaló de la mano y cayó al suelo con un golpe sordo.
Maldije, colgué y me agaché para recogerlo.
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