El último regalo de mi marido.

Ese aniversario pasó por mi mente, mis palabras, mi frialdad. Su sonrisa incómoda al salir de la cocina, dejándolo solo en la mesa festiva. Intentó llamar a mi puerta por la noche, y yo fingí estar dormida.

Y tres semanas después, se había ido.

Etapa 4. Una carta del pasado
Me senté en el suelo como una niña pequeña y lloré un buen rato. No porque hubiera encontrado las joyas, sino porque esas pocas líneas resumían toda nuestra historia.

Siempre era torpe con sus gestos, pero atento a los pequeños detalles. Recordaba fechas, mis libros favoritos, mis rasgos de personalidad. A veces escogía formas extrañas de expresar su amor, como aquella vez que me regaló un juego de destornilladores para el 8 de marzo, porque «de todas formas, siempre lo arreglas todo tú».

Entonces también me ofendí. Y una semana después, descubrí que usaba esos destornilladores casi todos los días y pensaba en él con una sonrisa.

Pero ahora no estaba de humor para sonreír.

Con cuidado, volví a colocar el tapón a la botella, la puse sobre la mesa y recogí la nota. En el reverso había unas líneas más, aparentemente escritas a toda prisa:

"Si algo pasa, debes saber que no todo nuestro dinero está en el banco. Lo transferí a otra cuenta, a tu nombre. Vamos después de la fiesta, te lo mostraré. Confía en mí, ¿de acuerdo? Arreglaré todo lo que he hecho a lo largo de los años".

Releí esas palabras una y otra vez.

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