Ella Comía Sobras a Escondidas… Sin Saber Que El Dueño La Estaba Observando…

Aquella noche fría en Madrid, a las 11:47 de la noche, mientras una llovisna pegaba contra los cristales del restaurante, una camarera temblaba de hambre frente a un plato que, según el gerente, ya no valía nada. El extractor rugía sobre la cocina. El olor a ajo, aceite y carne a la plancha llenaba el aire y el suelo pegajoso hacía que cada paso sonara como un pequeño recordatorio de cansancio. Lucía llevaba casi 14 horas de turno. Los pies le ardían dentro de unos tenis gastados y el uniforme blanco ya no era blanco, estaba manchado de café, salsa y sudor.

“Lucía, ¿vas a seguir soñando o vas a recoger esas mesas?”, Espetó Sergio, el gerente, sin mirarla a los ojos. Él llevaba camisa impecable, reloj caro y una sonrisa falsa que solo aparecía cuando un cliente importante entraba por la puerta. Lucía apretó los labios y asintió. Ya voy, Sergio. Ganaba uno 00 euros al mes, sin seguro, sin extras, a cambio de jornadas que empezaban a las 11 de la mañana y terminaban pasadas las medianoche. Había aprendido a contar cada moneda, cada euro, cada propina, pero esa noche no pensaba en eso.

Pensaba en el estómago vacío de su hermano pequeño y de su madre allá en el piso diminuto de Vallecas. Eran casi las 12 y el último cliente acababa de marcharse. Las luces del salón se atenuaron, quedando solo el reflejo amarillento sobre las mesas. En una esquina, una bandeja con sobras, medio filete, algo de puré de patata, un trozo de pan aún caliente. Sergio había dicho, “Como siempre, eso va a la basura. Aquí no damos comida gratis, ni a clientes ni a empleados.” La imagen es lo primero.

Lucía tragó saliva. La basura olía mejor que cualquier cosa que hubiera comido esa semana. Recordó el mensaje de su madre unas horas antes. Hoy solo hice sopa de agua con arroz. No te preocupes, hija. Ya vendrán tiempos mejores. Y supo que no podía dejar que esa comida terminara en una bolsa negra. Esperó. Apagaron el letrero de la entrada, cerraron la puerta con llave. Los cocineros se fueron despidiendo uno a uno con chistes cansados. Sergio daba vueltas con su tablet, revisando ventas, moviendo los dedos por la pantalla como si él mismo hubiera cocinado cada plato.

Lucía, limpia bien las mesas del fondo. Mañana viene un grupo grande, ordenó sin siquiera preguntarle si ya había cenado. Sí, Sergio respondió ella con la voz baja. Pasaron 15 minutos. Sergio subió a la oficina del segundo piso, donde siempre se quedaba cerrando caja. Desde allí, detrás de un cristal oscuro, todo el comedor parecía pequeño, como una maqueta. Lo que Lucía no sabía era que esa noche, en esa misma oficina no estaba solo Sergio. En una butaca discreta se sentaba un hombre de unos cuarent y tantos, con barba cuidada y una chaqueta sencilla, casi demasiado sencilla para alguien de su posición.

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