Se llamaba Marcos. Y aunque todos lo conocían como un inversionista que aparecía una vez al mes, en realidad era el verdadero dueño del restaurante y de otros tres locales en la ciudad. Esa noche había decidido observar sin avisar. Quería ver qué pasaba cuando su nombre no estaba en la puerta. ¿Así trata siempre al personal? preguntó Marcos en voz baja mientras Sergio le explicaba los números del mes. Ya sabe cómo es esto, Marcos, respondió el gerente con una sonrisa servil.
Si uno afloja, se nos suben a la chepa. Esta chica, por ejemplo, siempre está distraída. Si no la aprieto, se me queda hablando con los clientes como si esto fuera un bar de barrio. Marcos no respondió. Sus ojos, cansados bajaron del cristal al salón casi vacío. Vio a Lucía recogiendo platos, moviéndose despacio, pero con precisión, alineando sillas, dejándolos cubiertos en orden perfecto. Había algo en su forma de trabajar, en su espalda encorbada, pero firme, que no encajaba con la descripción del gerente.
Cuando por fin Sergio salió de la oficina para hacer una llamada, Marco se quedó solo con la luz tenue y el murmullo lejano de la lluvia como único sonido. Podía irse. Podía asumir que todo estaba bien, que los números cuadraban, que el gerente era eficiente, pero algo lo mantuvo allí un poco más, pegado al cristal. Abajo, Lucía se acercó a la bandeja con las obras. Miró hacia la puerta, hacia las escaleras, hacia todas partes. No vio a nadie.
El silencio del restaurante la envolvió. Entonces, con manos temblorosas, tomó el plato con el medio filete y el puré. Lo acercó a la barra, miró otra vez hacia el pasillo y comió una pequeña cucharada, cerrando los ojos como si fuera un pecado. El sabor salado, la carne jugosa y tibia le llenaron la boca. sintió vergüenza y alivio al mismo tiempo. No estaba robando dinero, no estaba llevando la caja, solo estaba evitando que esa comida acabara en una bolsa y en un contenedor frío.
“Solo un poco”, susurró. “Lo demás me lo llevo para casa.” Se quitó la mochila del respaldo de una silla, la abrió y sacó un tuper de plástico rallado por el uso. Con cuidado empezó a pasar el puré y los trozos de carne al recipiente. Cada pedazo era una cena para su familia, una noche menos de pasar hambre. Desde arriba, Marcos la observaba. Vio la forma en que ella miraba la comida, no con avaricia, sino con una mezcla de culpa y desesperación.
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