Ella Comía Sobras a Escondidas… Sin Saber Que El Dueño La Estaba Observando…

vio la mochila gastada, las manos rojas de tanto jabón y agua caliente y sintió algo en el pecho, una punzada que no tenía nada que ver con los números del restaurante. En ese mismo instante, una puerta se abrió con brusquedad. ¿Se puede saber qué estás haciendo? La voz de Sergio cortó el aire como un cuchillo. Sus pasos rápidos resonaron en el piso de madera, acercándose a ella. Lucía se quedó paralizada. El tupera medio cerrar, las manos manchadas de puré.

El corazón se le subió a la garganta. Marco se incorporó en la butaca alarmado, mirando hacia las escaleras. Lo que nadie sabía en ese momento era que esa escena, aparentemente pequeña, iba a cambiar el destino de todos los que trabajaban allí, especialmente el de la camarera que solo quería llevar algo de comida a casa. Sergio bajó las escaleras con el ceño fruncido y el móvil aún en la mano, como si la llamada importante que acababa de hacer le diera más autoridad.

Se plantó frente a Lucía y miró el tuper como si fuera un delito grave. ¿Te parece normal, Lucía? Dijo en voz baja, pero cargada de veneno. Robar comida del restaurante como si esto fuera tu casa. Ella sintió las mejillas arder. No la estoy robando murmuró. Usted mismo dijo que esto iba a la basura. Solo, solo pensé que podía llevárselo a mi familia. Sergio soltó una risa seca. Y ahora yo qué pongo un cartel en la puerta. Aquí las camareras se llevan las obras como si fueran perros callejeros.

La imagen lucía, ¿te suena esa palabra? quiso explicarle que su hermano tenía 9 años y que no había cenado bien en semanas, que su madre casi nunca se servía plato para que a ellos les alcanzara. Pero cada vez que abría la boca frente a Sergio, las palabras parecían encogerse. “Lo siento”, dijo al final. “No volverá a pasar.” “No, claro que no va a volver a pasar”, replicó él acercándose más. Porque esto tiene consecuencias. Sergio le quitó el tuper de las manos, lo abrió y vació el contenido en la basura.

El olor a carne y puré mezclado con restos de café viejo subió como una bofetada. Lucía apretó los puños. Esa cena no era solo comida. Eran horas de caminar con frío, de decirle a su hermano que todo iba a mejorar. Sintió ganas de llorar, pero se tragó las lágrimas. No iba a darle ese gusto. “Mañana vienes una hora antes y te vas una hora después”, añadió Sergio. Sin cobrar. Lo consideramos una sanción interna y da gracias que no te despido ahora mismo.

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