ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

La mansión en el Jardim Botânico brillaba por fuera como una postal: guirnaldas en la entrada, luces parpadeando en los balcones, un árbol enorme visible desde el ventanal del despacho. Pero por dentro, en la noche de Navidad, tenía un silencio pesado, de esos que se sienten en el pecho como una mano fría.

Federico Meirelles, treinta y ocho años, CEO de Tech Vision, miraba las luces de las casas vecinas y escuchaba, a lo lejos, la ciudad celebrando una fiesta a la que él no pertenecía. Risas filtrándose por el aire, música que nacía en patios ajenos, el estallido ocasional de un petardo como un recordatorio cruel: el mundo seguía girando, con o sin él.

La última empleada había salido hacía minutos. “Feliz Navidad, señor Meirelles”, dijo con una sonrisa educada, apurada por volver a su propia mesa, a su propia familia. Federico apenas asintió, aflojándose la corbata con el gesto automático de quien ha pasado el día fingiendo estar ocupado para no escuchar los pensamientos.

Sobre el escritorio lo esperaba una botella de whisky, fiel y predecible. Él tomó el vaso de cristal, sintió el peso frío en la mano y se preparó para la rutina de siempre: un brindis silencioso por una mujer que ya no estaba, por una vida que se le había quedado vacía desde el accidente de Helena, tres años atrás. Trabajo, trabajo, trabajo: esa había sido su manera de sobrevivir. Si se mantenía ocupado, no sentía.

Entonces, un golpe suave en la puerta lo sacó de ese trance.

—¿Señor Meirelles? —la voz era casi un susurro.

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