Bianca se quedó inmóvil, como si esa frase le abriera una puerta que daba miedo cruzar.
—No tienes que decir nada —añadió Federico, dándole espacio—. Solo quería que lo supieras.
Pero ella lo tomó de la mano.
—Quédate… solo un poco. No quiero estar sola esta noche.
Federico ignoró el teléfono vibrando con urgencias de la empresa. Por primera vez en tres años, eligió un momento por encima del trabajo. Y descubrió que la riqueza no era lo que acumulaba, sino lo que podía sentir.
Dos días después, Gael ya corría y reía de nuevo. Federico apareció con sopa, frutas y un juguete que hizo brillar los ojos del niño. Bianca protestó, pero aceptó, como quien aprende a recibir cuidado.
Llegó el 31 de diciembre. Federico la invitó a un evento benéfico en el Iate Clube da Urca. No como empleada. Como acompañante.
Bianca aceptó con una condición: elegiría su propio vestido y lo pagaría ella. Fue a un bazar de segunda mano, encontró uno verde esmeralda con una pequeña rotura que cosió con paciencia. Y esa noche, cuando Federico la vio, se quedó sin palabras.
En el salón, las joyas y los vestidos caros eran un mar de miradas filosas. Hubo susurros, preguntas con veneno disfrazado de cortesía. Una mujer la escaneó de arriba abajo y soltó: “Souza… no conozco esa familia”.
Federico le apretó la mano.
—Si quieres irte, nos vamos.
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