ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

Bianca miró alrededor, tragó el miedo, y miró a Federico: al hombre que corrió por la ciudad cuando su hijo tuvo fiebre, al hombre que lavó platos en una cocina mínima, al hombre que se dejó enseñar a cambiar un pañal con una seriedad conmovedora.

—No —dijo—. Vine para quedarme.

Al filo de medianoche, en una terraza con vista a la bahía, con los fuegos listos para estallar, Federico la sostuvo por el rostro.

—Te amo —confesó—. Sé que es rápido y complicado… pero ya no puedo fingir.

Bianca tembló.

—Yo también te amo… y me asusta cuánto.

—Entonces asustémonos juntos —sonrió él, con una ternura que no existía en su viejo mundo.

Se besaron cuando el cielo explotó en colores. Y entre esas luces imposibles, Bianca tomó una decisión: al día siguiente renunciaría. Necesitaba un camino propio.

Los meses siguientes fueron un trabajo duro y honesto. Federico abrió puertas, no como favor, sino como oportunidad. Bianca consiguió empleo en un hotel grande, empezó desde abajo, aprendió rápido, creció. Con su nuevo salario, alquiló un apartamento más amplio en la Tijuca. Y una tarde, al entrar a casa, encontró a Federico en el suelo, jugando con Gael entre carritos y risas.

—¡Papá! —gritó Gael, corriendo hacia él.

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