ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

Bianca se quedó quieta un segundo, con el corazón apretado. Nadie le enseñó esa palabra al niño. Nació sola, como nacen las verdades inevitables.

Federico la miró con ojos húmedos, como si ese título fuera el regalo más grande que alguien pudo darle.

Una noche, Bianca se cruzó con Rodrigo, el padre biológico, en un mercado. Él intentó huir. Ella lo detuvo solo para decir lo que necesitaba decir: que no lo necesitaban, que su hijo tenía un padre de verdad ahora, uno que elegía estar. Rodrigo se fue sin responder. Y Bianca, al darse cuenta, sintió algo que nunca imaginó posible: no rabia, no dolor, sino alivio. Había espacio para lo nuevo porque lo viejo se había ido.

Y una noche cualquiera, en la pequeña terraza del apartamento, Federico se arrodilló con una cajita simple. No había diamantes exagerados. Solo un anillo discreto con una esmeralda pequeña.

—No es ostentación —dijo—. Es promesa. ¿Te casas conmigo?

Bianca lloró y rió al mismo tiempo, como si el cuerpo no supiera elegir una sola emoción.

—Sí —respondió firme—. Sí, mil veces sí.

El beso fue interrumpido por Gael, con su osito gastado arrastrando por el suelo, los ojos soñolientos.

—¿Papá… mamá?

Bianca lo alzó.

—Papá le pidió a mamá que se case con él.

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