ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

Gael frunció el ceño, buscando una traducción en su idioma pequeño.

—¿Fiesta?

Federico soltó una carcajada y los abrazó a los dos.

—Sí, campeón. Habrá fiesta. Para celebrar nuestra familia.

Gael sonrió como si esa fuera la única parte importante del mundo.

Más tarde, cuando Bianca lo acostó y salió en puntitas, Federico se quedó mirando a su nueva vida: una casa normal, juguetes en el suelo, una mujer extraordinaria cansada pero feliz, un niño que lo llamaba “papá” sin saber que estaba reparando un corazón que él mismo había dado por perdido.

Y Federico entendió, por fin, lo que ninguna mansión le enseñó: que el amor no llega cuando todo está ordenado y perfecto, sino cuando te atreves a abrir la puerta en la noche más solitaria del año… y a aceptar una invitación sencilla que, sin prometer nada, termina devolviéndote la vida.

 

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