En el umbral estaba Bianca, la chica que trabajaba en la casa desde hacía dos meses. Siempre eficiente, siempre discreta, uniforme impecable, cabello recogido en un moño firme. De ella él sabía lo mínimo: que había venido de la región serrana a buscar oportunidades en la capital. Nunca preguntó nada más. Nunca se tomó el tiempo. En su mundo, la gente entraba y salía como sombras bien entrenadas.
Bianca tenía las manos entrelazadas frente al cuerpo y una batalla en los ojos, como si cada palabra fuera un paso hacia un precipicio.
—Perdón por molestar… ya me iba, pero… —tragó saliva—. ¿Usted va a pasar la Navidad solo?
La pregunta lo golpeó con una sinceridad inesperada. Federico estuvo a punto de responder con el guion de siempre: que tenía cosas que hacer, que prefería la calma, que estaba bien. Pero algo en la mirada de Bianca —una compasión sin cálculo, un coraje tímido— le desarmó la máscara.
—Sí —admitió, y la palabra sonó más vulnerable de lo que le hubiera gustado.
El silencio que siguió fue raro. No era incómodo. Era como si ambos reconocieran algo en el otro, una soledad parecida con distinta ropa.
Bianca mordió su labio, arrepentida y decidida al mismo tiempo.
—Nadie debería pasar la Navidad solo —dijo de golpe, como si temiera perder el valor si respiraba—. Yo vivo en Bangu… queda lejos, lo sé… es una casa bien sencilla… pero… ¿quiere cenar en mi casa?
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