—Por favor —insistió, y su propia voz le sonó distinta, más humana.
Bianca le dio la dirección: Rua dos Jasmins, casa amarilla, puerta verde. Y se fue.
Federico se quedó inmóvil en el despacho. El whisky seguía intacto. Y por primera vez en años, la Navidad dejó de parecer una condena y se convirtió en una posibilidad. Mientras tomaba las llaves del Mercedes y salía a la calle, una intuición le rozó la nuca: esa decisión pequeña, absurda para su mundo, estaba a punto de cambiarlo todo… aunque todavía no sabía cómo ni cuánto dolería antes de sanar.
El trayecto del Jardim Botânico a Bangu fue un viaje entre dos planetas. La ciudad se transformó bajo las luces navideñas: de calles silenciosas y muros altos a avenidas más ruidosas, comercios abiertos, niños corriendo con gorritos de Papá Noel. Federico llevaba en el asiento del copiloto una cesta armada a toda prisa: panettone relleno, chocolates, un vino tinto que el vendedor juró “excelente”, todo con un lazo rojo y verde que la cajera insistió en colocar.
“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó. Podía imaginar los comentarios: el multimillonario cenando en casa de la empleada. Pero luego recordó el brillo sin interés en los ojos de Bianca. No había estrategia ahí. Solo una bondad simple.
Estacionó unos metros antes de la casa amarilla. El Mercedes se veía fuera de lugar, como un animal elegante perdido en una calle humilde. Bajó con la cesta y tocó el timbre con un nerviosismo que le resultó ridículo: él, que negociaba con inversores internacionales sin pestañear, temblaba ante una puerta verde.
Bianca abrió, y por un segundo Federico creyó que se había equivocado de casa, porque la mujer frente a él no era la misma sombra silenciosa de la mansión. Sin uniforme, con jeans, blusa roja, el cabello suelto en ondas naturales, Bianca parecía… real.
Y entonces lo vio: un bebé en sus brazos.
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