ELLA PASABA LA NOCHE DE NAVIDAD CON SU HIJO… HASTA RECIBIR LA VISITA INESPERADA DEL JEFE MILLONARIO

—Este es Gael —dijo ella, con un rubor suave—. Mi hijo.

El niño tendría año y medio. Tenía ojos curiosos y una honestidad feroz en la mirada. Estiró las manos hacia el lazo de la cesta como si el mundo fuera un regalo permanente.

—¿Qué… qué? —balbuceó el pequeño, fascinado.

Bianca rió.

—Creo que le gustó.

Federico tragó saliva. Bianca tenía un hijo y él no lo sabía. Y la culpa le golpeó de frente: no lo sabía porque jamás preguntó.

—Hola, Gael —dijo, torpe—. Esto es para ustedes.

Entró. La casa era pequeña, pero olía a hogar: ajo dorándose, especias, algo horneándose con paciencia. Había juguetes por el suelo, un oso gastado, libros infantiles con las tapas dobladas, y un arbolito de Navidad decorado con adornos viejos que parecían reunir años de historias. Nada era lujoso. Todo era vivido.

Bianca lo sentó en el sofá.

—Hice bacalao… espero que le guste.

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