Federico no recordaba la última vez que alguien cocinó para él sin que fuera un chef contratado. Gael gateó hasta su pierna, se agarró con determinación y se levantó como un explorador. Luego, sin pedir permiso, se dejó caer en el regazo de Federico.
Ese peso tibio y confiado le quebró algo por dentro. O quizá —y esto le asustó más— le arregló una grieta que llevaba años abierta.
—Le cae bien —dijo Bianca, sorprendida—. Normalmente es tímido.
—Es… increíble —murmuró Federico, mientras el niño examinaba su corbata con fascinación.
Cenaron en una mesa pequeña con tres sillas desiguales. El bacalao estaba dorado, las papas asadas perfectas, el arroz simple y honesto. Federico probó y sintió un sabor que no era solo comida: era cuidado.
—Está delicioso.
Bianca sonrió con una alegría que parecía un pequeño triunfo.
—Aprendí de mi abuela, en Petrópolis.
Hablaron. De dónde venía ella, de cómo llegó sola al Río estando embarazada, de cómo las ciudades pequeñas se vuelven crueles con la memoria larga. Federico, sin darse cuenta, empezó a hacer preguntas como si la respuesta importara de verdad. Y a Bianca se le aflojaron las defensas lentamente, como quien no quiere abrir una puerta pero necesita aire.
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