Esa noche se quedó. No por lástima. Por algo más peligroso: por esperanza.
A la mañana siguiente, el sol entraba por cortinas finas. Bianca preparó café y tostadas dulces, y Gael golpeaba una cuchara como si fuera música. Federico probó la primera mordida y se le llenaron los ojos: su madre hacía algo parecido cuando él era niño, antes de que el cáncer se la llevara. La memoria le dolió y, al mismo tiempo, lo abrazó.
—Tengo una idea —dijo de pronto—. ¿Y si vamos al Parque Lage? Está hermoso el día.
Bianca dudó, pero aceptó. Y allí, caminando al ritmo lento de un niño que se detiene a mirar hojas y hormigas, Federico se escuchó hablar con una honestidad que no practicaba:
—Yo… me rendí. Helena murió y yo solo existo.
Bianca lo miró con una calma triste.
—Yo también me rendí, al principio. Solo que un día, estando rota, sentí una patadita en mi vientre… y entendí que no era solo sobre mí. Gael me dio razón. No “propósito”. Razón. Algo concreto que te hace levantar.
Federico se quedó pensando en esa palabra: razón. No números, no metas, no “crecer la empresa”. Razón.
Gael se cayó en una charquita, se empapó y se rió con una carcajada contagiosa. Federico rió también. Y minutos después, en el baño familiar del parque, Bianca le enseñó a cambiar un pañal entre instrucciones y risas.
—Más ajustado. Eso. Si no, se sale.
Cuando Federico lo logró, sintió una satisfacción absurda, como si hubiera firmado el contrato más importante de su vida.
Sentados luego en la hierba, mientras Gael dormía en brazos de Bianca, Federico la miró largo. No era la belleza pulida de su mundo social. Era autenticidad, una luz que no se compra.
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